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¿Sabías que en la Edad Media se podía resolver un juicio… a espadazo limpio?

 



El juicio por combate: cuando la justicia dependía de la fuerza (o de Dios)

Hoy en día resolver un conflicto legal implica pruebas, abogados y jueces. Pero durante siglos en la Europa medieval, si dos personas tenían un litigio grave —especialmente sin testigos claros—, la solución podía ser tan directa como brutal: luchar hasta que uno muriera o se rindiera. Y quien vencía... era considerado inocente. Era el llamado juicio por combate, o iudicium Dei (juicio de Dios).


Orígenes de una práctica brutal:
El juicio por combate tiene raíces germánicas y aparece documentado en el Derecho franco y germano ya desde los siglos VIII–IX. Con la expansión del cristianismo, lejos de desaparecer, fue reinterpretado dentro del marco teológico de la época: Dios no permitiría que un inocente perdiera, así que la fuerza del vencedor sería prueba de su inocencia. Era una forma de justicia “divina” encarnada en el cuerpo humano.

Este tipo de prueba judicial no era arbitrario: se realizaba con supervisión oficial, a menudo ante autoridades civiles y religiosas. El combate debía cumplir ciertas reglas, celebrarse en terreno neutral y seguir un ritual establecido. Su uso era más frecuente entre nobles, caballeros y personas con recursos, ya que se esperaba que fueran capaces de luchar (o de contratar un campeón).


¿Cómo funcionaba?
En un juicio por combate, el acusado podía optar por “defender su causa por la vía de las armas”. Si ambas partes aceptaban, se fijaba una fecha para el duelo. El perdedor, si no moría en la lucha, podía ser ejecutado igualmente o despojado de sus bienes y derechos. En algunos casos, incluso las partes que se rendían eran consideradas culpables automáticamente.

En algunos reinos, como el de Francia o el Sacro Imperio, el duelo judicial llegó a institucionalizarse. El combate era válido solo si era aprobado por un juez, y se aplicaba en casos de acusaciones graves como traición, asesinato o herejía. Incluso existían “campos de duelo” oficiales donde se realizaban estos enfrentamientos.


Casos famosos:
Uno de los juicios por combate más célebres es el de Jean de Carrouges contra Jacques Le Gris, ocurrido en Francia en 1386. De Carrouges acusó a Le Gris de haber violado a su esposa. Ante la falta de testigos, se permitió el duelo. En una lucha brutal, Jean de Carrouges mató a su adversario y fue declarado inocente. Este caso inspiró recientemente la película The Last Duel (2021), dirigida por Ridley Scott.

Otro ejemplo lo encontramos en la Península Ibérica. Aunque fue menos común que en los reinos del norte de Europa, el combate judicial existió en el Reino de León, Castilla y Aragón en los primeros siglos medievales. El Fuero Juzgo lo recogía como forma válida de resolver disputas sin pruebas concluyentes.


¿Justicia divina… o violencia legitimada?
El juicio por combate muestra hasta qué punto la mentalidad medieval mezclaba derecho, fe y fuerza física. La justicia no se basaba en hechos demostrables, sino en símbolos: el campo de batalla era una extensión del altar, y el cuerpo del combatiente, un instrumento de la voluntad divina.

Sin embargo, la práctica empezó a ser criticada ya en los siglos XIII y XIV. Juristas y teólogos comenzaron a cuestionar su lógica. ¿Y si el inocente perdía por falta de habilidad? ¿Y si uno de los combatientes contrataba a un campeón más fuerte? Estas dudas, unidas al desarrollo de sistemas legales más racionales, llevaron a la prohibición progresiva del juicio por combate.

En Francia fue abolido formalmente en el siglo XVI. En Inglaterra, aunque cayeron en desuso mucho antes, técnicamente no se prohibió hasta 1819, tras un caso insólito en el que un acusado pidió su derecho al duelo judicial… y lo obtuvo (aunque finalmente no se celebró).


Conclusión:
El juicio por combate puede parecernos hoy una reliquia absurda, pero nos habla de una época en la que la justicia no se entendía como neutral ni racional, sino como un campo donde actuaban la divinidad, el honor y la violencia. Entender esa lógica nos permite mirar la Edad Media con menos prejuicios y más comprensión: no era simplemente una época “oscura”, sino un mundo con sus propias reglas, símbolos y formas de creer en lo justo.



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